La persona que más gritó el primer gol del Mundial 2026 fue una de las madres que hizo posible este plantel de la selección de México, Gloria Quiñones, la mujer que parió siendo niña a Julián Quiñones, con apenas 13 años.

Lejos de la grandilocuencia y lo lujosamente descomunal, esta Copa del Mundo está hecha también de estructuras sociales rotas, de penurias culturales latinoamericanas, de historias de pobreza y abuso, de guerrilla y violencia sexual.

Julián Andrés Quiñones Quiñones es hijo de todo eso. Su derechazo el jueves 11 de junio en el Estadio Azteca dio impresión de revancha y nació mucho antes, cuando aprendió a moverse entre grupos armados, narcotráfico y zonas controladas por la guerrilla.

Nacido en Magüí Payán, municipio en el departamento de Nariño, en Colombia, su fútbol responde a una construcción entre selvas húmedas, ríos caudalosos, esteros, quebradas. Se crio jugando descalzo en un barrio poblado por comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas y sin un padre presente. El progenitor se esfumó y todo recayó en la pequeña Gloria, que fue creciendo a la par de Julián, educándose como podía mientras amamantaba con unos pechos que recién se desarrollaban.

El 16 "con patas con GPS integrado al gol" -como bromean sus seguidores- sabe desordenar defensas, confundir rivales, tramitar con rapidez. Está en su ADN esquivar el peligro, corregir el pasado o más bien contradecirlo. Ahí donde la mayoría veía límites, precariedad, destino triste, el ve un arco abierto, una invitación a ser otro que el que el hábitat inicial le proponía.

Apodado "La Pantera", casi un metro ochenta de altura, 75 kilos, perfectas trenzas cosidas, 29 años se inició a los 16 en Fútbol Paz, un club amateur de Cali en el que los niños miraban y admiraban a El Chavo del 8. Nadie imaginaba una exportación de sus gambetas ni un aterrizaje en la selección del país de Roberto Gómez Bolaños.

Quiñones, cara de balón en foto de la agencia Xinhua (Li Muzi).

"Al principio no agradaba aquí por ser naturalizado. Incluso un comentarista mexicano, Christian Martinoli, pidió perdón en televisión nacional por pedirlo afuera", regala a Clarín el dato desde México Enrique Secundino, periodista del Diario Récord de ese país. "Su fortaleza sin dudas es su potencia física, su físico fuerte, la velocidad y la agilidad para quitarse rivales. Invito a todos a ver su gol del bicampeonato del Atlas".

La invitación a ver ese puñal del ahora jugador del Al-Qadisiyah de Arabia Saudita nos hace entenderlo todo: ese gol lo define, es un acto de supervivencia. Es la contra letal de una topadora, de un galgo que deja rivales en el camino para demostrarle al mundo que juega con la tristeza de sus orígenes a cuestas.

"Me hacía falta un papá que me dijera por este camino no es", se quiebra en un video de ESPN en el que mira fijo a cámara. De eso está hecho el hombre de la zancada larga y por el que se abre el debate: ¿Puede llegar a ser un ídolo nacional alguien que no creció en el suelo que hoy representa? "¿Es suficientemente mexicano?", ¿Qué es ser mexicano?

Un depredador que come tacos

La Pantera Quiñones es todavía un desconocido para millones. Dicen en su país de adopción que el mote le queda corto, que le cabe mejor "León", o "Depredador".

Julian Quiñones. (Foto: AFP).

No suele referirse mediáticamente a sus primeros años, pero siempre nombra con admiración a sus tres hermanas y a su abuela, "la que ocupó el rol ausente de padre".

En un documental perdido de ESPN cuyos recortes inundan las redes, Gloria confiesa con los ojos mojados que Julián "le lleva bronca a su padre, porque no estuvo cuando más lo necesitaba". Con su voz se hace justicia, se visibiliza a esas mujeres en las que recae una crianza compleja en un ámbito geográfico con todo en contra. "Al que es buen hijo bien le va. Mi mamá y yo le echamos bendiciones, él nunca va a ser derrotado".

"Fue duro, pero el motor eran mi abuela y mi mamá que siempre me aconsejaban, siempre le daban pa' delante", se abre el futbolista en esa producción de la emisora deportiva. Haber crecido con cinco mujeres, tres hermanas y madre y abuela lo volvieron temprano "el hombre de la casa, el que tenía que ser fuerte".

Julián Andrés Quiñones festeja durante el partido inaugural del Grupo. (Xinhua/Wu Wei).

Su representante, Fabio "Pilo" Marín, habla de la zona en la que se crio Quiñones como "un caserío deprimente, casas armadas con tablas, con latas, afectadas por la violencia de la guerrilla y el narcotráfico. Lugares en los que si no eres futbolista, eres guerrillero o narco".

Quiñones habla de esa crianza con malas juntas y conciencia de que la comida no era "fácil de conseguir": "Perderme en un mal paso era decepcionar a mi familia", dice convincente y recuerda esa prueba en Fútbol Paz en la que calzaba unos zapatos tan estropeados que "se podían ver los dedos", pero en la que igualmente convirtió cuatro goles.

El resto de la historia fluyó mágicamente: los captadores de talento de los Tigres UANL (Universidad Autónoma de Nuevo León) lo vieron y no dudaron. Llegó a México en 2015, aún menor de edad, acompañado por su mamá, quien nunca había subido a un avión. Lo siguiente fue un paso por Lobos de la BUAP, un regreso a Tigres de la UANL, un desembarco en Atlas de Guadalajara y más tarde en el América.

En 2017, Quiñones jugó para la selección colombiana en la categoría Sub-20, pero su "patriotismo" tuvo cambio de planes. Cuando el DT argentino Néstor Lorenzo lo convocó para el seleccionado mayor cafetero en 2023, el hasta entonces colombiano dijo "no" y esperó a que meses después ocurriera oficialmente lo que buscaba, recibir la nacionalidad y la carta de naturalización mexicana.

Pura velocidad, Julián Quiñones (EFE)

"Quiño" tiene vagos recuerdos de Corea y Japón 2002, y ni el sueño infantil viendo la pelota rodar en Alemania 2006 pudo alcanzar la dimensión de este cielo que hoy roza. Desde la Premier League ya averiguan cómo "robárselo" al Al-Qadisiyah, que tiene una cláusula de 30 millones de dólares.

"Esta es la historia de un jugador cuyo remolque fue su mamá", sintetiza John Sutcliffee, el comunicador de ESPN que estos días celebra al muchacho que escapó de su condena, ascendió socialmente y aprendió a amar las rancheras y a honrar el día de muertos.

"Viva México, cabrones", se atreve a gritar hoy JQ para romper la idea de que los lugares están definidos desde el inicio de una vida. Su fútbol funcional, urgente, a veces implacable, lleva implícita la consigna silenciosa que aprendió en los arrabales: no desperdiciar nada.