Hay debuts que funcionan como declaración de principios. El de Alejo Pérez al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón -primer director principal desde Stefan Lano, que ocupó el cargo entre 2005 y 2008- fue exactamente eso. El programa elegido no fue casual: dos sinfonías en cinco movimientos cada una, con referencias extramusicales declaradas, búsquedas tímbricas novedosas para plasmar efectos y unidas por un hilo que el mismo Berlioz tendió cuando escribió la Scène aux champs de su Fantástica como homenaje a la "Pastoral" beethoveniana.
Beethoven anota los estados de ánimo que la naturaleza despierta en quien la habita; Berlioz toma ese gesto y lo lleva al delirio, a la alucinación, al aquelarre. Alejo Pérez eligió ese arco -de la evocación al paroxismo- para presentarse. La apuesta era clara y el resultado, a la altura.
La Sinfonía n.° 6 de Beethoven no figura entre las más celebradas de su catálogo -algo que quienes la programan, la dirigen y la tocan llevan décadas intentando revertir- y esa es precisamente su trampa.
Sin los gestos heroicos de la Quinta ni la arquitectura monumental de la Novena, la Pastoral exige la contención -una cualidad interpretativa que raramente recibe la consideración que merece-.
Cada movimiento lleva un subtítulo que no describe sino que orienta: "Despertar de alegres sentimientos por la llegada al campo", "Escena junto al arroyo", "Alegre reunión de campesinos", "Trueno. Tormenta", y finalmente "Canto del pastor. Sentimientos de dicha y agradecimiento después de la tormenta".
El propio Beethoven advirtió que se trataba de "más expresión de sentimientos que pintura", y Pérez tomó esa indicación al pie de la letra. Dirigió sin batuta, porque para este repertorio, según su propia concepción, la mano desnuda permite una gestualidad más cercana a la respiración y al color camarístico que busca.
Desde el segundo movimiento quedó claro que había una lectura de largo aliento: los planos sonoros emergían con nitidez orgánica, sin forzar, como si los materiales encontraran solos su lugar en la textura. El tercero sumó contraste sin perder identidad -un sonido más pleno, más beethoveniano en su densidad dramática, con los contrabajos haciendo un trabajo que mereció atención especial-. Las zonas de tensión estaban bien delimitadas, las ideas organizadas con criterio. La fluidez que la obra reclama estuvo presente y en una Pastoral bien ejecutada, es uno de los mayores logros posibles.
Alejo Pérez supo cómo conjugar dos obras tan disímiles como las de Berlioz y Beethoven. Foto: Juanjo Bruzza
Emotiva despedida
Antes de que comenzara la segunda parte, la velada tuvo un paréntesis que la excedió en significado. Freddy Varela Montero, concertino de la Estable, salió a presentar a Martha Cosattini, violinista de primeros violines que se retira tras una carrera que la convirtió en la segunda mujer en ingresar a las filas de la orquesta, después de Haydée Zipman. Le dieron flores. "Los músicos son pasajeros y eternos", dijo Varela Montero, y la frase quedó flotando en la sala con la pertinencia exacta: una orquesta no es sólo la suma de quienes están en el escenario sino una institución viva que carga con su propio tiempo.
La Sinfonía fantástica de Berlioz plantea otro orden de exigencia. Berlioz escribió una narración para acompañar la escucha: un artista joven, afectado por el opio, sueña con la mujer amada, la mata, asiste a su propia ejecución y termina en un aquelarre. Para enhebrar ese delirio en cinco movimientos, Berlioz inventó la idée fixe -la melodía que representa a la amada- y la hizo aparecer transformada en cada escena: en el vals, en los campos, en la marcha hacia el cadalso, en el sabbat.
Pérez tomó la batuta para esta obra -coherente con su concepción: la densidad narrativa y orquestal de Berlioz requiere otra clase de precisión gestual- y esa arquitectura narrativa fue perfectamente legible. El segundo movimiento arrancó con una solidez que despejó cualquier duda: la orquesta sonó entera, los efectos logrados sin esfuerzo, hay técnica, hay aire.
El tercero -la Scène aux champs, el más dilatado y el que más directores pierden- llegó con una sutileza bienvenida: comienzo diáfano, vientos primero, cuerdas después. La idée fixe reapareció en cada instancia con identidad propia, como hilo conductor y no como mero leitmotiv decorativo. El cuarto fue el más dramático, con una construcción de dinámicas sostenida hasta una coda que el público -incluso el que aplaudió entre movimientos, cosa que en la Fantástica duele un poco más que en otras obras- recibió con ovación.
Lo que el trabajo conjunto entre Pérez y la Estable demostró en esta apertura de temporada no era evidente de antemano: que la distancia estética entre las dos obras -Beethoven que contiene, Berlioz que desborda- puede convertirse en argumento interpretativo cuando hay una lectura que las articula. La orquesta, con intérpretes nuevos incorporados en varias de sus secciones, respondió con una solidez que no se negoció en ningún momento del programa.
La Orquesta Estable del Colón, al mando de Alejo Pérez, tuvo intérpretes nuevos en varias de sus secciones. Foto: Juanjo Bruzza
Ficha
Orquesta Estable del Teatro Colón
Calificación: Muy bueno
Director: Alejo Pérez Programa: Ludwig van Beethoven, Sinfonía n.° 6 en fa mayor, op. 68, “Pastoral”; Hector Berlioz, Sinfonía fantástica Función: Domingo 3 de mayo, a las 17 Lugar: Teatro Colón (Libertad 621, CABA)
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